Miro por la ventana y les observo,
no me gustaría estar en su piel me digo.
Es más,
si fuera ellos desearía no haber nacido,
pero que mas da,
no conocerán otra realidad.
Ésto es pequeño. Apenas mi habitación sostiene unos pocos libros, la mayoría cubiertos de polvo. Se salva el perfume de mi cama. Los rostros cubren mi pared como deseando ser recordados, me echan de menos. Yo a ellos no, ni les recuerdo.
Puede sonar algo retorcido pero hasta siendo un hijo de puta, a veces éste siente piedad. Sentir como las cucarachas entra por tus oídos y se comen tus sesos, y al fin y al cabo, el hijo de puta siente dolor.
Muerden y muerden hasta desgastar la valla de seguridad. Sabéis, ¿no? Aquella que provoca inmunidad a la culpabilidad. Te protege de zorros nocturnos con pelo rizado. Bien, pues cuando esa valla se va a la mierda tienes un deseo irrefrenable de juzgar tus palabras.
Esta vez no son de película de terror ni tampoco lirios, como los de Bukowski. Podrían asemejarse a una mezcla entre osezno y lobo hambriento. Mientras uno escarba con sus garras, el otro clava no sus colmillos, sino sus ojos.
Pudiera ser que no encontrara el quinto elemento y no entendiera nada, como es el caso. Que recae en continua niebla cada vez que el público se vuelve en su contra y le regalan espinas, nada de rosas.
Pero también pudiera ser que la retroalimentación de culpabilidad tuviera tallo y semillas. Nos pasamos la pelota. Y me decanto por la triste planta, total, sólo es una triste planta.
Siempre se pone el paraguas por no hablar de su gruesa piel, un tanto reseca. Es como el completo conocimiento del verso, de cabo a rabo. Posteriormente viene el lamento acompañado de sopesar.
No creo que sea rencor, ni tampoco antipatía, sólo fobia y un tibio pasado. Y es triste, claro que lo es, ver un rostro apático cuyo única intención sea no cruzarse en tu camino. El problema es que cruza las calles demasiadas veces, y así se transforma en algo utópico. La metamorfosis de la carne, en carne.
La metamorfosis del estorbo, en obstáculo.
Pagaría por conocer el germen, y el posterior contagio. ¿Fue una lluvia ácida de complejos? ¿Al huir tropezó con el miedo? ¿O conoció lo desconocido y chascó su sonrisa? Vaya fiasco.
A veces pienso como sería entrar en un ataúd aún vivo. Y verdaderamente, el hedor a malvas sería terrible. Pese a todo ello, su alterego ha construido un establo en ese estado mental. Es la viva imagen de una rama rota por un misterioso rayo. La incógnita es el rayo. Tuvo que ser un huracán de hachazos mentales, o peor, de quemaduras sensoriales.
El problema de las quemaduras no es tanto el dolor como la huella en la piel. No es el hecho del descosido sino el de mirar de reojo la cicatriz, porque no puedes mirarla de frente. No es el hecho de correr, sino a dónde.
A juzgar por su puzle, faltan piezas. Las ha escondido por no verlas, como jugar al escondite con flexo.
Poco a poco empiezo a entender, pero, es tarde, ¿verdad? Si ya no puedo sanarle, es tarde.
Encerrado. Quizá no tuvo suerte con sus tres peones del tablero. Cascarrabias y malhumorados, ansiosos por ser islotes, insolentes, malos poetas, refugiados de la soledad. Lo mamas desde tan arrugado que te cansas a las primeras de cambio. La esperanza escapó de sus manos, voló la esencia, como el efecto del azúcar flotando en el café, un engaño.
El consuelo está en lo menos malo, en el amor. De eso si que no hay duda aunque ya no den mordisquitos en los pellejos de sus labio.
Tras montones de teorías y hornadas de discrepancias, desconozco la correcta. Vivir con una nube de sombrero no debe ser muy gratificante. Ser un incomprendido mientras tu virtud es in-comprender, tampoco lo es. Como una lucha de espadas, las dos melladas.
Y estrujando mis inquietudes, aleteo, quizá la pluma reviente. ¿Recordáis al hijo de puta? Se despide. Quizá, deje de ser azúcar en su vida.
Café sólo por favor.
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