jueves, 18 de diciembre de 2014

F.

No soportaba esa mirada, demasiado peso en mi mente para revocarla, demasiado deseo para rechazarla, me ardía el pecho, mi voz quebrada me delataba, no estoy hecho de esa pasta ni me volví loco por besarla. 
No soportaba esa sonrisa, tan llena de belleza y tan justa de tristeza, el oxígeno se acaba y la llama renace, mas llena que nunca, sobran los motivos y faltan las veladas. Me despojaba de mis grilletes y me obligaba a no mirarla, yo intenté no hacerlo pero desprendía algo increíble, sabía lo que era pero no quería admitirlo. Ahogado en mi querer, echando a mis dudas de mí, robé un suspiro y me lo guardé, no caduca ni pide recibo, sólo el recuerdo que me lo llevé, la llave la tiré y me quedé tranquilo, a sabiendas de que lo que guarda el recuerdo, vive hasta morir, porque morir sin recuerdos, es vivir esclavo del deseo.
Odiaba ese perfume, no le caigo bien, aunque no se alejó de mi durante horas, incluso a kilómetros rozaba mi piel y despertaba en mí todo lo que perdí.

Escucho y callo, sueño y siento, que la vida es un segundo y el dolor corrompe el corazón, porque no hay mayor espina que el segundo perdido ni que el dolor sentido, que las vísceras tienen vida y el alma es suicida, porque el suicida corrompe vidas y busca calma de etiqueta, allá donde el deseo se viste con labios de mujer y hace reina a la belleza. Con éste tango suicida dije adiós a mis enigmas, dije basta y robé una sonrisa, no sólo era preciosa sino también precisa, quería destacar. Ya no tengo dudas, vuelvo a tenerlo claro.

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