Entre el ocaso y las vicisitudes del fracaso he visto pájaros muriendo con las tripas fuera y el corazón abierto. Qué clase de broma ha roto este ruido, porqué vagamos a oscuras martilleando el candil, en qué mundo vivimos tan lleno de miedo y que recita verso a verso canciones de niebla y hollín.
Tanto remilgado ahonda en lo inexplorado que recién salí del paso me ahorqué con mis propias manos. Tanto rebuscado que presume de bandera y en los bajos fondos del palacio coquetean con sabios de primera.
Por lo demás deduzco que el hogar se sobrelleva y que el negruzco olor que desprende la sociedad aún no quema. Qué demonios hemos hecho para arder entre pinares y papeles de moneda, entre garnacha y papiros variados, quedando únicamente un par de rastrojos para reconstruir un imperio honesto. A la vuelta de la esquina se posicionan los pudientes, con dientes relucientes y corbatas de madera que a la par que ensalzan apuñalan, y qué valientes afrontan las tormentas tras muros de hormigón, mientras a otros se los lleva el viento en casas de cartón.
Que bonito es el progreso invisible que deben de estar viendo y que triste es la realidad que nos estamos comiendo.
El desorden es belleza en los ojos de un necio que recuerda que su vida no vale ni veinte euros, también es descaro ante los ojos de un mundano escritor, que prefiere almas rotas que almas vacías. En qué sentido se dirige la rotación del nuevo mundo, silencioso y aniquilador, benévolo y justiciero, tramposo y farragoso, tacaño e impaciente por ver las tierras de secano inundadas por torrentes. Qué espera al ser humano más que botellas a la mar y maremotos embotellados en licor barato, despilfarrando rencor en el rincón de un barco a la deriva que designa inocentes para convertirles en culpables. Qué nos depararán los insensatos que con un dedo pueden deshacer países a cenizas, qué harán los nómadas sin brazos que les reciban, qué haremos nosotros más que reírnos y quemar billetes en cerillas capitalistas. Nos quedará el silencio roto de los llantos de tantos que sufrieron las injusticias de un planeta suicida, autómata en esto de matar y perdido en esto de amar.
Nuestro planeta es el mismo que tras un revolcón se tapa los ojos para ver mejor, aquel que por un mundo peor lo haría todo, aquel que callado está más guapo, aquel que ante el sonido de un cencerro decide cortar una cabeza antes que razonar un poco, aquel que no permite una vida sin excesos y prefiere oídos sordos, aquel que usa cubertería de plata y oro a la hora de comerse el pastel.
Bendito el ser humano que inhale cenizas mientras los monstruos nos dan las buenas noches.