Ayer busqué mi antigua libreta de poesía. Estaba entre el polvo y los recuerdos, en el tercer cajón donde solía guardar lo salado de las lágrimas. Olía a tinta desgastada y llena de destrozos, seguramente merecidos por mi excelente estupidez. Cada verso flotaba entre la bruma ocre del cigarro. Leí y leí hasta que me sangraron los ojos, hasta que me cansé de la oscuridad de esa cueva.
Casi podía notar el sabor amargo. Caminé entre ruinas y nubarrones durante una hora. Me sentía tan inmerso en mi propia miseria que apalabraba con mi sentido una tregua.
Por un momento sentí orgullo, el resto del tiempo me inundaba mi propio dolor. Y casi ahogado, con el agua al cuello, me convencí de mi no estancamiento en el fango.
Encendí la llama de nuevo por la urgencia de la situación, prendí otro, éste más sosegado. No cesaba de preguntarme si era realmente yo quien vagaba por los parques y las tumbas aquel año, y curiosamente era yo. Yo y mis ganas de salir de aquí, de servir a la creatividad y perpetrar la metamorfosis de mi alma, en alma. De aniquilar al niño y topar con el hombre.
Parecía fuego en busca de respiración. Aquél que baila en plena combustión, en lucha constante con la extinción.
Casualmente no existía llama, sólo ceniza. Un delirio he leído, un imbécil lo ha escrito.
Y así me sumergí en aquel foso de mierda, ni siquiera sé como sobreviví a los cortes de miocardio.
Fue la tormenta antes del silencio. Mi cabeza despertó pero mis vísceras tocaron fondo. Casi podría decir que llegaron a la total inmunidad, y es que cuando hablas de un corazón herido comienzas a escribir con renglones torcidos, y más en mi coma no lucrativo donde lo único beneficiado eran mis ojeras.
No dormía, apenas comía, ni tan siquiera reía.
De esa época no guardé recuerdos, tan sólo lo escrito, que bien podría arder en las brasas.
Ayer sentí lo que debía sentir entonces exponenciado al número de años recorridos.
Quizá sea cancerígeno escribir sobre ello pero parece que es lo único que se me da bien, reírme de mi pasado.
Fue tan trágico como necesario, ver que no había nacido para pensar sonriente sobre lo bien que iban las cosas, ya que como se sabe, la gente que escribimos, o que por lo menos lo intentamos, a parte de no ser justos con nuestras propias "obras" y tener la autoestima de una piedra, no ajustamos nuestra auto-percepción con nuestro deseo. No buscamos la realidad sino la perfección. Y no la perfección hecha realidad sino una un tanto distinta, un prototipo lleno de acertijos que sólo nos conducen a la magnificencia. Y no porque desconozcamos la imposibilidad de la no imperfección, nos sentimos cómodos en el limbo entre la búsqueda de la perfección y la perfección en sí.
Es esa frustración la que nos hace centrarnos en el conocimiento de lo desconocido y llevarlo a cabo, en ese andén solemos nadar, entre la incertidumbre de nuestra verdadera capacidad y la opacidad de nuestro recelo. ¿Qué coño buscamos sino la culminación de nuestra mente? Incluso mi ego me lleva a reírme de los seres sonrientes que no son capaces de mirar más allá de sus paredes, que se creen videntes y viven pasivos ante cualquier estímulo intelectual. Qué cojones van a desarrollar más que su idiotez y simpleza. Se consideran felices porque no perciben el mundo que pisan y precisamente éste les moldea hasta construir maniquís de feria vestidos con piel de robots lobotomizados en masa.
Me produce asco la sencillez, los héroes, los traficantes de amor, la televisión y sus súbditos, los no sarcásticos, los alabadores de dioses inexistentes, el fanatismo injustificado, las esposas y los bozales, los augurios, los hospitales, los desmerecedores de una mente, la inmoralidad, la insensatez, lo irracional, lo estipulado y lo manipulado. Odio la falsa sabiduría y la falta de educación. Odio el mundo y sus descendientes, odio el positivismo, odio la sociedad, odio tu odio a lo diferente. Por odiar odio hasta el pie fuera de los límites de una sábana y la gota de agua que cae tras apagar la ducha. Odio lo material si no lleva detrás una idea patentada tras estrujar una teoría. Odio lo imperfecto cuando puede ser perfecto. Me odio, pero también me quiero. Rectifico, me quiero, pero lo suficiente como para poder odiarme de vez en cuando.
Te quiero, pero lo suficiente como para no poder odiarte. Ya que el amor es imperfecto, pero en el mio no hay cabida para el odio, únicamente para la devoción. Ya que la alabanza propiamente dicha, como ya he expuesto, me produce asco, pero la alabanza a la persona que amo no esta dentro de mis pretensiones de asco, y menos si la persona a la que amo eres tú. Porque si algo me has enseñado es que sin ti estoy perdido. Parece que mi salvación es amar a una mujer, y sin ninguna duda esa eres tú. Me he convertido en un fanático de tu dulzura, tan sólo me queda seguir el guión y no tropezar con mi propio vértigo.
Y así, como el lobo que aúlla, aullé para convertirme en lo que soy, la imperfección hecha persona, en busca de complacer al resto de imperfectos con mis frases mal tildadas y mis ideas mal estructuradas, al fin y al cabo, la perfección, como ya he dicho, es inalcanzable.
Y sin quererlo, un breve viaje a lo olvidado ha acabado siendo un nuevo acertijo. Puedes intentar descifrarlo. En el caso de que no lo intentes, ya sea por vagueza, por simpleza o por conformismo, déjalo, este no es tu sitio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario