Al amanecer me la encuentro en cueros, su cielo tiñe de rojo mi habitación y su delicadeza acaricia mi almohada, ya viene el invierno.
En la noche ella se viste de seda, sus manos son dulzura y sus curvas peligrosas. Su insomnio es perpetuo y sus ojeras tempestades, su mirada es de hielo, bonito escaparate.
Apenas llora, apenas habla. A veces grita, a veces ama, pero nunca calla.
En Noviembre llueve y se pone gomina el asfalto, las farolas luchan por no apagarse y la Luna se hace hueco entre la niebla. Los bares dan cobijo a quien quiera apoyar el codo y levantar el vaso, a quien encuentre su salvación en tus noches llenas de vida. Tus rincones acogen insatisfechos, vividores angustiados por el paso del tiempo, por la vida que quieren tener, y que no tienen, por las canas que tienen, y que no quieren tener, por los vicios que les consumen y por los versos desamparados.
En las plazas se reúnen los afortunados, fugitivos de la sombra de la vida, ovejas del rebaño queriendo convertirse en guía. Soñadores de lo fácil. Soñadores de lo físico, alejados de los abstracto.
Ella es bohemia, ella es belleza. Es locura, es tristeza.
Maldita dulzura, no me dejes nunca.
Pongamos que hablo de Madrid.