viernes, 15 de enero de 2016

Disparos del alma.

Entre la eterna duda de la pluma y su tesoro, de la calma y su desdicha, concibo la esperanza de surcar la bruma y caer en el delirio.

Mientras el rocío susurra a la mañana, mis dedos se vuelven tibios, se vuelven estacas para cualquier corazón vacío que se precie. 
A veces testigo a veces asesino. A veces razón, otras corazón, pero qué dirán los que murieron en el camino, los que desfallecieron ante la posibilidad de cometer el crimen, los que creyeron ser ciegos en un mundo de tristeza, los que alivian su sed con gotas de penuria, qué dirán aquellos, si volaron al conocer su sentencia, la del olvido.

Cruzando el estrecho, mi mente reclama un trozo de cielo. La batalla perdida de siempre. Mientras Alma lucha contra Miedos, Razón cae en codicia y rescata a Inseguridad. Lo desconocido vuelve a trinufar, engulle la realidad y lo convierte en misterio.

Y qué mas da si el dolor suprime al poeta, si el folio se mancha de sangre y lo llena todo de vísceras y entrañas. Qué necesita el poeta más que suspiros de identidad y desbordante belleza estética. Si tan sólo el verso se atreve a lidiar con la soberbia del poeta y su descaro desmedido. Porque sólo el poeta sabe de la muerte, cuando sus versos disparan con las balas de un alma desnuda.


Tras el insólito vaivén de sus tacones, acaricio sin querer el sabor de la amargura, queriendo sin querer el motivo de mis dudas.