Llámalo pericia, fatalidad, incluso fortuna caminar sobre la cuerda floja. Mirlos sobre el tendido, nenúfares en el fango. Pétalos que caen, apóstoles embusteros en busca de algo, que ni conocen.
Redobles de sirenas en el océano, pumas en los Balcanes, tornados en Madrid.
Llámalo raro. El destello del faro, la esfinge solitaria, la ninfa desvestida, la ruina oxidada.
La reina en tirantes, el rey destronado.
Es retorcido, coger los estribos, arder el frío. Búscame perdido cuando lo ordene el tiempo, me largué sin reloj y con un cigarrillo.
Quiéreme del revés.
Mis latidos sincopados, mi belleza, marchitada. Mi flor en barbecho, el sueño, tachado.
Forja los añicos del espejo, quizá veas mi reflejo. Quizá no. Quizá reconozcas mis ojeras, quizá compartas la ilusión. Vísteme despacio, que tengo prisa. No corriendo, no pienso poner la zancadilla.
Llámame valiente o sin alma. Cántale al rocío o a la noche, al murciélago o a la hormiga, al sudor, o al desprecio.
Miénteme si vengo con reproches, incluso si pido explicaciones. No quiero verdades, quiero falsas verdades, me gustan los acertijos.
Me gusta tu boca, tu voz, tu llanto y tu olor. Tu piel y sus asperezas, tus dedos, su delicadeza. Tu pasado remachado, tus ojos enamorados. Tus colillas en el cenicero, tu insomnio crónico y tu dolor permanente. Tu sangrado en repetición, hasta tus días de guillotina. Tu café amargo. Tus dientes largos. Tu cicatriz. Tu costura. Tu factura caducada. Tu mirada subastada.
Tú, el enigma de tu tristeza, la razón de mi mueca.
Llámame holgazán, farsante, risueño, lobo desquiciado, tacaño, aburrido, apagado, intenso, faquir, mentor.
Cúrame el corte con saliva, el periplo de mi historia anda escondido entre el musgo.
Quítale al creyente sus ínfulas, resolverás el misterio.
Quítale al creyente sus ínfulas, resolverás el misterio.
Llámame amor, responderé.
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