Aguardo un nido de colibrís en mi cabeza. Siento el cosquilleo de su aleteo cada vez que despegan.
Mordí la manzana y salieron gusanos, moribundos con hambre de miedo, atraparon mis sueños al vuelo, y sin mas miramientos, cayeron en la trampa de la tinta y el fraseo.
Aprendí que la razón es la savia de la cordura, y el corazón las raíces del fracaso. De vez en cuando cambian los papeles y los arrojan a las llamas.
Por momentos pienso en la escarcha de mi sangre, taponada por el estruendo de la realidad. Otras, fantaseo con ser diferente para así poder rozar con mis yemas la lejanía de mi inseguridad.
Hasta los necios sonríen a la mañana ante una nueva oportunidad de malicia, sí, sonríen. Hasta el anciano canoso postrado en la barra de un bar mira con fortuna su esperada muerte. Hasta el imberbe marchito ve su castigo como una victoria más. Hasta la más bella flor del campo santo sostiene con el recuerdo su encanto. Incluso la niña hasta arriba de ofensas y burlas encuentra satisfacción en la voz de su madre. Hasta el pobre enfermo descarrilado se topa con los labios de una dama, y sí, sonríe.
Aún vistiéndome de consejero, mis palabras serán sordas para oídos necios y marchitos. Sólo servirán para oídos tristes con el corazón despierto, para el inconforme y el titubeante, para el rehén de la nostalgia y su tripulación.
Aún quitándome la ropa, siento frío y dolor.
Aún vistiéndome de afortunado, a quien quiero engañar, sigo durmiendo con el pasado a mi lado.
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