Apenas un instante y cae del cielo. Con sus canas grisáceas y su piel escamosa, con sus vicios insanos y el alma rota.
Apenas un instante y recuerdo su llanto, triste y sobrio, mientras ardía su cigarro.
Apenas un murmullo y deliro entre sus brazos, tenues y consumidos por el paso de los años.
Apenas un ladrido y mi piel limita con el recuerdo, cuando la mañana te cogía en brazos y nunca te soltaba.
Desde que no estás el silencio se solapa, el pasillo advierte de tu retiro, Noviembre echa el ancla y se cuela en mi cama.
Desde que no estás mis sueños son sombríos, tus venas me recuerdan que el tiempo pasa, y que los años pesan.
Llegó el día que la marea te llevó y dijiste adiós. Adiós a las pupilas enamoradas y a mis malos modales, a mis risas nocturnas y a vuestras riñas insoportables, a tus caricias sinceras, a tu mirada cómplice, al cristal roto, al reflejo punzante.
Llegó la noche en la que me vi sólo, con un par de monedas y mis entrañas vacías. Mis sueños repetían miseria y melancolía. Vivía de la limosna de unos pocos desgraciados, creían en mi salvación, les sobraba descaro. Quítate los zapatos. La tristeza me muerde el labio y dice que rezar es secundario, que suspirar es de cobardes y que cierre con candado.
Así que partió sin rumbo fijo hacia el mundo de los olvidados. Yo me mantuve apartado, rezando a un dios que no me hacía caso y desnudando mi memoria a cada paso, sintiéndome preso de mi amor averiado, ya que sin ti, ¿tengo reparo?
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